Me dirijo a las parejas de enamorados, sobre todo a los

matrimonios. Con lo bonita que es una relación de amor, cuando

hay un final feliz en boda, y que a tantos familiares y amigos

alegra y afianza en su amistad y en el amor también, no hagamos

después de la boda un matrimonio frío, un compromiso vano;

no dejemos nunca que la incomunicación rompa nuestro

proyecto de vida en común. Que no seas tú el motivo de la

ruptura. ¡Ama sin medida! ¡Educa a tus hijos en el amor! ¡Sé un

ejemplo para tu cónyuge y para tus hijos, que siempre estén

orgullosos de tener unos padres así! Aprende a vivir siempre al

lado de ella y ella al lado tuyo. ¡No dejes nunca a tu cónyuge

mucho tiempo solo o sola en casa, se pasa mal! ¡Qué Dios

bendiga vuestro matrimonio! ¡Felicidades! A unos recién

casados.

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Hoy se me ocurre decir esto: cuantas enemistades por malos

entendidos, por discusiones, particiones, incomprensiones;

rupturas entre amigos, vecinos, familiares… Algo que se podía

evitar o arreglar fácilmente con un simple saludo, un beso, un

abrazo y, si no se hace nada para corregir esta desavenencia, la

cosa sigue enquistada toda la vida, y lo poco sensato es que hay

personas con estos problemas que pretenden llevarse bien con

Dios y Dios eso no lo acepta.

Luego están los tenidos por enemigos. Jesús nos pide que

amemos también a aquellas personas con las que tenemos algún

conflicto y nos lo razona de la manera siguiente: si solo amamos

a los amigos y a los que nos aman, no hacemos nada de

extraordinario, ¿no lo hacen también los considerados no

creyentes? Los creyentes en Jesús tienen que dar un paso más y

perdonar a sus enemigos y amarlos.

Todo tiene solución, lo menos entendible son los conflictos por

cuestiones materiales; una herida en el corazón tiene difícil cura;

el que haga mal apoderándose indebidamente de algo que no es

suyo, el problema realmente lo tiene él, el perjudicado no debe

preocuparse, será compensado grandemente en el cielo.

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Reconciliación

Un niño abortado espera con los brazos abiertos la llegada de

su madre. En el cielo no existe el rencor y menos el odio. El

niño, invadido por el amor de Dios, acepta sin condiciones la

decisión de cerrarle el camino a la vida que tuvo su madre; y aquí

podríamos repetir lo que dijo Jesús: no tener miedo a que

destruyan vuestro cuerpo, cuidaros de que no destruyan vuestra

alma. Si la mujer embarazada, proclive al aborto por su situación

familiar, tuviera un atisbo de fe, de que el hijo que habita en su

vientre no es solo un cacho de carne, sino que es un ser con su

identidad, alma y espíritu, además de cuerpo, con toda la

complejidad que ello conlleva, se le quitarían las ganas de llevarle

al matadero.

La falta es gravísima, pero Dios que conoce nuestra flaqueza y

nuestra confusión mental en cuestiones de fe, y sabe que la

embarazada no se goza al tomar esta trágica decisión, por eso

espera sólo un gesto de arrepentimiento para perdonarla y

abrirle las puertas del cielo, facilitando el encuentro con su hijo

abortado. Así de fácil.

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